Entre los años 2006 y 2009, aumentó en un 35% el “gasto social” al tiempo que la pobreza no sólo no disminuyó sino que aumentó, empinándose al 15,1% en igual período.
Es triste ver cómo frente a las cámaras se sacan los ojos, unos con otros, pensando más en la encuesta Adimark del próximo mes que en profundizar en cómo es que gastando más conseguimos menos. La ex ministra de Mideplan asevera textual: “relacionar el aumento de la pobreza con problemas de eficiencia es muy poco serio…”.
Condorito diría PLOP!, o al menos exigiría una explicación.
Nada más poco serio que subir en un 35% los recursos para bajar la pobreza y que ésta aumente: todo un ridículo internacional para un país que daba cátedras y se da cuenta que más de 355 mil personas, a pesar de todos los programas sociales y los miles de millones de ese 35%, hoy están peor que ayer (¡y de puro buena onda le vamos a hacer caso a las cifras oficiales, cuando todos sabemos que son manipuladas!).
Lo anterior da pie a un legítimo cuestionamiento de la ciudadanía hacia nuestra acción profesional, que invierte millones para que hagamos la pega y la Casen dice que no, que no la estamos haciendo. Tal como para el terremoto todos nos volcamos sobre la ONEMI y le exigimos que diera cuenta de lo que había hecho, pues para eso les pagábamos, hoy la ciudadanía perfectamente podría inquirirnos a cada uno de nosotros… Pregunto con honestidad a todos quienes trabajamos inmersos en lo social:
¿Es que los fondos que destinamos a programas sociales los estamos trabajando con tal grado de eficiencia y eficacia que no caben mejorías?¿es que nuestros modos de hacer son lo más eficientes que nunca nadie podría haber sido? ¿Encontró Chile el fin de la historia de las intervenciones sociales y el último hombre súper cachilupi, más capo que cualquiera en todo el planeta en estos temas?
Sólo la autocomplacencia del jaguar responde que sí, que “lo estamos haciendo muy bien, yea yea yea”… como ese emperador, del cuento de Hans Christian Andersen, que se dio cuenta que estaba desnudo frente a toda la gente, que lo habían engañado, que no llevaba puesto ningún nuevo traje de finas sedas, pero no lo asumía pues le temía con el alma al ridículo…
“El Emperador presentía que el pueblo tenía razón; mas pensó: ‘Hay que aguantar hasta el fin’. Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola”.
¿Cómo avanzamos así, más altivos que antes? Unos preocupados de defender la carta presidencial, los otros de tirarle petardos a como dé lugar, en el cálculo pequeño, dando explicaciones irrisorias, mientras en las poblaciones las balas siguen matando niños de 10 años, la pasta base sigue prostituyendo a las niñas de 13, se agudizan las desigualdades sociales (el SIMCE y la PSU nos lo recuerdan año a año), se endurece y crece la pobreza, se vuelve cada vez más compleja y los señores preocupados de defender a las señoras y las señoras de defender a los señores.
Ahora bien, creo que es igual de triste el que ellos se preocupen de dichos temas, como el que nosotros nos preocupemos de ellos. Por eso, es que me permito un cambio de foco y formulo la siguiente pregunta:
¿Con cuánto de ese 15,1% he contribuido yo desde mi acción e inacción profesional?
Tiendo a pensar que lo que más hay en nuestros programas sociales es honestidad y ganas en el corazón de los que allí están... pero nada de eso nos asegura que haya eficiencia en el uso de los recursos; y no me refiero a la plata que quizás alguien se pueda robar, sino a esa que se salva del peaje y es pésimamente gastada.
Bien es sabido que de cada 100 de un proyecto, 70, 80 incluso 90 se va solamente en remuneraciones. Yo trabajé en un proyecto de asignación directa a personas en situación de calle, donde nos gastamos 300 para saber cuándo, dónde y cómo entregarles 200.
¿300 para entregar 200? ¿No será un poquito desequilibrado?
No lo sería si pudiésemos demostrar que de los 100 que ingresaron al programa, un número a priori y operacionalmente definido de ellos estuviera mejor que como estaba antes de las 500 lucas que gastamos por cada uno (saque la cuenta). Tan precario fue el programa (y me refiero siempre al programa, no a las personas con que ahí pude trabajar), que no tenemos ni siquiera cómo saber si lo que hicimos surtió algún efecto o no, pues ni siquiera se generaron indicadores de logro e impacto, no hay evaluaciones, sólo fotos, firmas, fichas y facturas… la evaluación se reduce al clásico “testimonio” de los 4 o 5 a los que les resultó y que se graba en un emotivo video y listo, vamos con el autobombo ejecutando más proyectos, simplemente porque “hay que aguantar hasta el fin..”.
El 15,1% nos enfrenta a nuestra desnudez, pues salvo excepciones, no tenemos en nuestros programas sociales objetivos bien definidos, menos aún operacionalizados; no generamos indicadores para saber cuánto de lo que dijimos que íbamos a hacer realmente hicimos; tenemos un déficit de conceptos y de herramientas metodológicas; no hay actualizaciones de los saberes dentro de los equipos, seguimos usando diskette; nos sobran expertos y nos falta experticia; nos sobran testimonios, fotos y encuestas de satisfacción usuaria al tiempo que escasean mediciones de impacto.
En estas condiciones resulta obvio que el 35% seguirá siendo despilfarro social y resultaba esperable que los porcentajes de pobreza aumentaran y probablemente (honestidad estadística de por medio) lo siga haciendo… siempre y cuando permitamos que así sea.
Cada pueblo tiene los gobernantes que se merece, dicen; pero me resisto a pensar que cada pueblo tiene a los trabajadores del ámbito social que se merece, porque los que habitan allí, en el cepo de nuestra comodidad, se merecen mucho más de lo que estamos hoy entregándoles: es por ellos que tenemos que aprender cómo hacerlo mejor, porque además nos pagan por eso, es parte fundamental de nuestro hermoso trabajo… el que considere que está haciendo su trabajo 100% bien, que levante la mano y que por favor nos enseñe cómo lo hace, sería de gran utilidad.
No pocas veces he escuchado decir a “colegas” que estamos haciendo las cosas bien, sólo que en la medida de lo posible… pasa que hace rato que esta medida de lo posible nos quedó tan estrecha, que hasta la Casen ya se dio cuenta.
Hay tanto camino recorrido como por recorrer y en la medida en que la sensatez le pueda ganar al ego y a la autocomplacencia, en la medida en que las ganas y honestas intenciones se liberen del umbral declarativo en que muchas veces se quedan, ese camino se irá enanchando y nos dejará de dar vergüenza la desnudez en la que nos encontramos y que la Casen ayer nos refregó en la cara. No podemos hacer como que nada ha pasado.
Me despido repitiendo la invitación: dejemos por un momento descansar al empedrado, dejemos de esperar que parta el del lado y reconozcamos la viga en el ojo propio, en tanto trabajadores y en tanto equipos de intervención, por preguntarnos cuánto de lo que hacemos y dejamos de hacer contribuye a ese 15,1%... aquello sería un buen avance, si lo compartimos vía mail y/o comentario, tanto mejor.
Abrazos fraternales
Víctor Orellana Bravo
Trabajador Social.
quince coma uno
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