Una presencia alentadora (Diego Ibáñez Laglois)

El vértigo de la acción o la pasión del “activismo” es una enfermedad que puede afectar a muchos directivos, que siempre trabajan urgidos por lo inmediato, encandilados por una noción de aparente y siempre falsa eficacia. Mucho teléfono, muchas reuniones, mucho ir y venir, poco estudio y escaso pensamiento. No sabe poner estaciones a la tremenda locomotora que dirige, tal vez por rieles equivocados, y a una velocidad creciente. Tampoco se da tiempo para observar, para escuchar. Olvida que su papel principal es el de pensar y hacer pensar, antes que hacer. 


Quizás esa sea la gran diferencia entre una persona que dirige y los que ejecutan: detenerse a pensar, reflexionar sobre el propio trabajo y sobre el trabajo de los demás, para dirigirlo de acuerdo con unos fines prioritarios. Saber con claridad, a que puerto se encamina. Pensar es jerarquizar, distinguir entre lo importante y lo que no lo es, para no apabullar o imponer ritmos erróneos a la partitura. 

El verdadero directivo debe ser habitualmente una presencia alentadora en su lugar de trabajo. El hombre que no se agobia ni agobia, que no urge, que no se pierde en medio de los muchos ajetreos y afanes, que infunde serenidad y calma. Apacigua al precipitado, da seguridad al inseguro, descomplica al enredado; pone las cosas en su sitio. No se altera por lo que no se debe alterar, no se escandaliza ni hace escándalo, no navega en la cresta de la ola, no pierde de vista la meta o el objetivo, y relaciona las tareas y las funciones de sus subordinados con esa meta. 

El directivo eficaz sabe que la eficacia de las personas no es la de una máquina y por tanto, no las trata únicamente con miras a su rendimiento. Las personas, para él, nunca son medios, ni siquiera recursos. 

Uno de los síntomas del buen directivo es que no trabaja “acelerado”, con la impresión de ir contra el tiempo. “Sin pausas y sin prisas”, “cada cosa a su tiempo y un tiempo para cada cosa”, como decía un hombre sabio. Mirando todas las caras del cubo, dando pautas precisas y sin perder de vista el bosque. Ya habrá varios que sólo atienden las ramas, y que de su árbol intentarán construir un parque. 

Un buen directivo es un hombre armónico, sin estridencias. Armoniza los binomios más difíciles: libertad y responsabilidad, comprensión y exigencia, confianza y respeto. Enseña a trabajar y su presencia estimula a hacer las cosas bien. 

¿Un perfil ideal? Tal vez. No hay seres perfectos, pero sí aproximaciones felices. Entre ellos se cuentan los que son en su lugar de trabajo, presencias alentadoras, estimulantes, que saben que los seres humanos dan más de sí en la medida que obtengan alguna satisfacción personal en su trabajo, al mismo tiempo que su trabajo les permite mejorar como personas. 

 

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